“Cuando la naturaleza se vuelve naturaleza productiva, bello solo puede ser un paisaje transformado por la fuerza del trabajo”1

Malcon D’Stefano, o Toti a secas como preferimos llamarlo los amigos, ilustra con esta exposición un pequeño y sentido homenaje al pueblo de su infancia. Cuna de su educación sentimental, germen de sus procedimientos estéticos e inspiración fundacional de su oficio de copista, Grütly Norte es un paraje de la cuenca lechera santafesina olvidado por Dios, pero sobre todo por la política de liquidación final del trazado del ferrocarril durante el menemato. Algunos pocos pobladores y una fe sostenida en los lazos interfamiliares prometen su continuidad en el tiempo, negando la presencia azuzadora de la noche y sembrando de vitalidad a esa llanura fantasmática e ingobernable que es la pampa argentina.

En forma de dibujos, tallas y una escultura central, Toti nos regala una canción sobre la memoria histórica de su comunidad, sus elementos constitutivos identitarios, la inmensidad de la línea del horizonte y, en especial, sobre sus instituciones rectoras. Un canto de advocación a un cuerpo de mujeres que difuminan sus roles predeterminados para ser al mismo tiempo docentes, madres, compañeras y alumnas. Figuras que abrevan en superheroínas y que, según el relato del propio artista, ilustran en célebres estatuas no sólo las plazas de la zona sino también el patio de la escuela multinivel que da vida cívica al pueblo.

En los albores de la organización nacional bien entrada la segunda mitad del siglo XIX, y ante el diseño programático de un estado que buscaba poblar con mano de obra barata el desierto productivo de nuestro suelo a través de fuertes oleadas migratorias, un conjunto de maestras venidas de Estados Unidos arribó a la Argentina bajo el paraguas de Sarmiento. El plan era simple pero efectivo: había que construir a la máxima velocidad posible un ejército de docentes que instituyera un sistema educativo patrio. A esa labor vinieron las catedráticas foráneas. Bajo la supervisión estricta de la narrativa unitaria vencedora, edificaron un modelo pedagógico que ante todo instituyera un sentimiento de nación, una identidad transmisible interfamiliar que sirviera de educación de flujos. De la maestra a sus alumnos y de los hijos a sus padres analfabetos. Si en los papeles para la clase dirigente gobernar era poblar, la escuela funcionaba entonces como la dependencia administrativa donde se aprehendía la patria, la unidad mínima y fundacional del civismo, una porción del gobierno en tu mano. La milicia patriótica y la estrategia de penetración del estado en el vasto territorio nacional se edificó al calor de las escuelas construidas en cada pueblo, bajo la supervisión y el trabajo amoroso y desinteresado de esas maestras pioneras, modelo normalizador que aún aglutina la enseñanza en nuestro país.

Más acá en el tiempo, Toti D’Stefano reivindica el rol protagónico que esas maestras-madres tienen en la construcción de ciudadanía y al mismo tiempo elabora una velada crítica sobre el precarizado andamiaje de recursos y estructuras que recae sobre sus espaldas. A su cargo están no sólo las propias obligaciones cotidianas en sus hogares, sino la defensa de su instinto de supervivencia. Con mínimos ingresos, en relaciones asimétricas ante la opulencia de las ciudades, pero con la gratitud de su comunidad, esas mujeres reivindican un mandato de protección de esa casa común que es la escuela en la vida rural ante la cómoda desidia del estado y de los privados ante el abandono de sus instituciones.

Por último, algo a destacar es el borramiento que el artista propone de los límites entre las generaciones etarias de las retratadas y el hecho de propulsar la difuminación de roles añade color a un decidido elogio al género. Al no haber rastro del paso del tiempo ni delimitaciones precisas sobre que estrato ocupa cada una de esas mujeres anónimas en la configuración social, lo celebrado no es determinado por su apariencia sino por el peso de su papel histórico. Un merecido homenaje a quienes sostienen, a veces hasta con su propio cuerpo, la historia de su pueblo y el porvenir de su memoria.

Joaquín Barrera

1RODRIGUEZ, Fermín A. (2010). Un desierto para la nación. La escritura del vacío. Editorial Eterna Cadencia. Buenos Aires. Pág. 164.